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Profe, no soy una IA

Este semestre, durante una de las clases de la última materia de la maestría que hago en la Nacho, el profesor me acusó frente a todos los compañeros de haber escrito un trabajo con inteligencia artificial. No fue una pregunta, no fue una reflexión, no fue aspecto que le causaba dudas, fue una afirmación contundente que me dejó sin muchos escenarios de defensa. Enrojecí y propuse alternativas para demostrar mi autoría del trabajo, pero el profesor se negó a toda propuesta. Escribí esto como defensa, como forma de limpiar mi honra ante los compañeros de clase.


Profe, no soy una IA


Fui el primer niño del salón que aprendió a escribir y a leer. Me deslumbraron desde muy pequeño las palabras. Me acurrucaba junto a mi mamá cuando abría el libro de cuentos y escuchaba sorprendido las historias que a través de ella salían de las páginas recorridas por hormiguitas negras y amontonadas. Mi mirada iba de las hojas del libro a sus labios una y otra vez. Quería descubrir el mecanismo que hacía que ese código incomprensible adquiriera un sentido y me dijera cosas. En la casa había otros libros y yo los miraba con enigma, sabía que cada uno contenía una enorme colonia de hormigas con sus propias formas de amontonarse. A veces los tomaba y buscaba a alguien que supiera leer hormigas: ¿qué dice aquí?


Otra cosa que amaba era escuchar los relatos de mi abuela. Me contaba —con el mismo ritmo que salía del libro de cuentos— las historias de su infancia, de la Violencia y de las muchas veces que vio al Putas y se salvó de él. Pensé entonces que la abuela estaba llena de hormigas porque no necesitaba las de los libros para contarme historias.


Las tardes de mi infancia fueron un viaje interminable por la de mi abuela. Me aprendí los nombres de cada personaje, imaginé nítidamente las escenas que describía y cada paisaje del pueblo que no he visto con los ojos. A veces siento que crecí con ella porque sus historias son tan generosas en detalles y adjetivos que cuando me habla del roble que había al lado de la casa, de la casa blanca con zócalos rojos de familia liberal, del puente de guadua, del rosal, de la capilla… encuentro con sorpresa que tengo una imagen mental de cada cosa. Una imagen que no cambia porque hace parte del mundo en el que ella fue feliz y al que me invitó.


Mi deseo por comprender sin intermediarios las páginas de los libros me ayudó a aprender a leer y a escribir muy pronto. Bastó hacerlo para empezar a escuchar que la vocecita interior que me regañaba o me daba ideas empezó a contarme historias que quería que escribiera. Eran historias que no había escuchado de ninguno de los libros que la mamá me leyó, así que pensé que me habían invadido las hormigas de la abuela. Habría sido, seguro, en alguna de esas siestas que hacíamos juntos a las dos o tres de la tarde. Las hormiguitas salieron por las orejas de ella y caminaron hasta las mías. Por ahí se me metieron, o por la nariz, estaba convencido. Pero la idea de tener la cabeza llena de hormigas no me atormentó, de hecho, me hizo nacer el sueño de ser escritor. Fue así como escribí mis primeros cuentos: La piedra que habla, Vacaciones eternas, El perro perdido, Mi pececito y yo. Todos escritos con la misma cantidad de imaginación y errores de ortografía.


La profesora Hilda, que me reveló los secretos de las hormigas, empezó a leer mis cuentos con disciplina y ternura. —Hoy le traje tarea, profe— le decía mientras sacaba de la carpetica de teletubbies las hojas sueltas en las que había escrito el cuento. Ella se reía y me acariciaba la cabeza mientras decía que yo era su escritor favorito. Cada vez que conecto de nuevo con el sueño de ser escritor me acuerdo de la profe Hilda.


Desde primero de primaria no he parado de escribir. Aunque la imaginación va y viene —y viene cada vez menos—, la escritura ha sido para mí una bonita forma de estirar la realidad y el mecanismo que me permite comprender y darle un sentido a mi propio hormiguero. Mi computador está lleno de borradores, el blog de notas de mi celular tiene mil poemitas inconclusos y mis libretas están salpicadas de hormigas deformes y siamesas que solo comprendo yo, pues aquello de la caligrafía sí fue siempre frustración.


Fui el muchacho de los talleres de escritura. Al primero llegué con 13 años. Se hacía en la biblioteca de San Javier —refugio gris de mi infancia— y estuve en él hasta que entré a la universidad. Después de ese taller, asistí al de poesía con Jaime Jaramillo Escobar en la Biblioteca Pública Piloto. A ese le dediqué los sábados de dos años de mi vida. El de Carolina Sanín, el Caro y Cuervo, la Universidad Central, El Malpensante… a todos he ido con curiosidad y con la convicción de que siempre se puede escribir mejor.


Nada de esto lo sabía el profesor que me acusó públicamente de haber escrito un trabajo de mi maestría con la IA. Tampoco lo sabían los compañeros que me observaron en silencio y que quizás imaginaron que mi disgusto era el de un culpable molesto con su torpeza. Pero fue por ese contexto, que solo yo conocía, que la acusación del profesor me encendió el estómago como no sucedía desde los ataques de ira de mi infancia. Intenté defenderme, ofrecí medios posibles para probar mi autoría y estuve dispuesto a someter mi texto a las herramientas sugeridas por algunos compañeros. El profesor se rehusó a toda alternativa. —Allá tú con tu conciencia, Juan Sebastián— dijo para cerrar la discusión. Yo aquí con mi conciencia estoy en paz, y con este acto de dignificación quedará purgado también mi corazón.


Esta situación, incómoda pero trivial, se presentó ante mí como el presagio de un futuro de horror. Desde hace milenios los seres humanos hemos aspirado a la virtud. Este mundo imperfecto que se derrumba fue construido con pequeñas y grandes virtudes: la del carpintero y el sastre, la del artista, el filósofo, el maestro, el músico, el gobernante… el escritor. En cada esquina hubo y hay alguien todavía que se esfuerza en algo, que persigue —a su manera y con su tiempo— una versión mejor de aquello que conoce y hace. Hasta hace muy poco ese esfuerzo y su resultado eran reconocidos y admirados, pero hoy son motivo de sospecha. Se instala la presunción de que lo bueno, lo que está bien y es admirable es producto de la IA, y si esta es la presunción no hay manera de defenderse.


Si aceptamos esta nueva convención que se nos impone, no habrá tampoco razones para enseñar al mundo los buenos resultados de nuestras pasiones y el trabajo. Probablemente desaparecerá toda aspiración humana a la virtud o quedará relegada a lo privado y supeditada a la virtud de la máquina —artificial y eficiente—. Si sucumbimos al deslumbramiento colectivo con la IA y la aceptamos como la única fuente posible de lo que nos resulta demasiado bueno perderemos la fe en lo humano y, de paso, nos habrán quitado la esperanza que es hoy nuestra última trinchera.


Espero que mi profesor, al que admiré y me ayudó a cambiar la perspectiva que tenía de las ciudades que me habitan, haya reflexionado sobre el suceso y recuerde siempre que, si su trabajo tiene sentido, es porque hay individuos interesados, curiosos y capaces que le escuchan.

 

Declaro, bajo la gravedad del juramento, que estas palabras como todas las que he presentado como mías durante mi vida fueron escritas por mí, no por la IA.


(El dibujo es de mi querida Mariana Lopera)

 
 
 

2 comentarios


vanemartinezna
31 jul 2025

Qué lindo texto y reflexión. Al igual que tu espero que nunca permitamos que nos quiten la esperanza.

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"Este mundo imperfecto que se derrumba fue construido con pequeñas y grandes virtudes: la del carpintero y el sastre, la del artista, el filósofo, el maestro, el músico, el gobernante… el escritor. En cada esquina hubo y hay alguien todavía que se esfuerza en algo, que persigue —a su manera y con su tiempo— una versión mejor de aquello que conoce y hace."

Me quedo con todo pero especialmente con este fragmento. Te acompaño en el dolor que esto te pudo haber causado, pero también en la esperanza de seguirnos encontrando cosas hermosas y maravillosas hechas por manos que día a día se esfuerzan por hacerlo mejor.

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