El simulacro
- sebastian alvarez rios
- 8 oct 2022
- 2 Min. de lectura
Los dos estábamos tristes, era evidente. Yo traté de camuflar el llanto, silencié la llamada mientras tomaba aire. Ella hablaba desalentada, dijo que estaba aburrida de vivir tanto y preguntó: ¿Y tú qué tienes? Yo respiré y le dije que nada, que solo estaba cansado de vivir tan poco. Se rio. Me reí. Pero nos conocemos las mentiras y creo que después de colgar los dos quedamos aún más tristes. Tres días después llamaron para decirme que habían tenido que llevarla al hospital. El relato fue de espanto y me puso de frente su muerte. Estuvo muerta en mi mente y, hasta que pude contactar a mi papá, ese dolor futuro -espero que lejano- se apoderó de mí. Me dijeron que llevaba más de media hora sentada en la banca del corredor donde ve pasar la novedad de los días ajenos: las señoras con vestidos nuevos, las conversaciones de los niños que suben al colegio, las edades del señor que vende los aguacates, los espantos de medianoche y los muchachos que le regalan los moños de mariguana para remojar en alcohol y sobarse las piernas. A una de las vecinas le resultó extraña la invariabilidad de su postura y se acercó para llamarla, pero el sueño era profundo y su cara tenía el moderado morado de quien se empieza a morir. Fueron a avisarle a mi papá. Él y mi hermano la cargaron y la bajaron desmayada por el callejón de gentes susurrantes en las ventanas. Era lo que yo sabía, lo que sabía quien me contó.
Mi papá contestó el teléfono, me dijo que mi mamita estaba bien y que el médico dijo que la llevaron a tiempo. Le harían exámenes y le darían una larga lista de prohibiciones alimentarias de las que se quejaría después. Esa noche dormí con el celular en la mano.
Estaba de nuevo en la casa. La llamé. El teléfono repicó varias veces y la imaginé tomando impulso para levantarse de la cama. A la orden, contestó. Qué hubo, mita, volvete seria, le dije. Yo soy seria y me iba a morir seriamente, contestó. Nos reímos. Avisame siquiera con tiempo pa’ conseguir tiquetes baratos, le dije. Más bien tenga platica guardada pa’ cuando lo coja de sorpresa. Mentiras, yo le aviso, unos días antes voy y le toco las patas, me respondió. ¿Cómo fue, corazón? le pregunté. Yo ni sé, me senté en el corredor y me desperté con unas luces blancas encima -dijo- pregunté dónde estaba y me dijeron que en la unidad intermedia, fue como raro. Hasta pesar me dio de no haberme muerto así -agregó- no falta la metida. Ahora me van es a matar de hambre porque no puedo comer prácticamente nada. Conversamos un rato más. Nos reímos. Recordé la frase que había escrito hace unos días en uno de los ejercicios de un diplomado de escritura en lenguaje claro: la muerte solo hace su trabajo. No tiene la culpa de lo poco que valoramos el de la vida. Pero me alegra, me alegra mucho que esta vez fracasaste, muerte malparida.




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