La despedida
- sebastian alvarez rios
- 3 ene 2023
- 1 Min. de lectura
Hace siete días mataron al tío. Fue una muerte violenta que le llegó por la espalda y lo acostó sobre la mesa de la cafetería en la que se tomaba un tinto. En nuestras últimas conversaciones por WhatsApp estábamos coordinando un encuentro para tomarnos unos aguardientes y conversar, pero todo plan es una apuesta con la muerte y esta vez perdimos. Hace muchos años no sentía este puño de hierro que aprieta algo en el pecho e impide respirar profundamente, este dolor que solo da la muerte de alguien querido y debería, por eso, tener un nombre.
Anoche me dormí tarde. Aunque estaba cansado, no quería hacer nada distinto a escuchar música, acostado y con los pies hacia el techo. Cuando quise dormir apagué la luz y me puse de lado. Un rato después sentí que se hundía levemente el otro lado de la cama, como si alguien se hubiese acostado. Un calorcito se extendió sobre mí. Seguía mi forma y no lo sentía en la piel, sino en el aire cercano. No tuve miedo. No cuestioné ese momento. No recuerdo si es que no quise moverme o es que no puede. Tampoco sé cuánto tiempo duró. En algún momento el calorcito se disipó entre la soledad de la cama y de la noche. Yo di vueltas durante algo más de una hora antes de quedarme dormido. Hoy le conté la experiencia a la familia. La abuela dijo que había sido el tío Huber que vino para despedirse.
Gracias tío por ese abrazo, por las canciones que me presentaste y por el patrocinio de mi primera borrachera. Te quiero.



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