La música en mí
- sebastian alvarez rios
- 19 nov 2022
- 4 Min. de lectura
No soy músico. No canto. Solo me sé una canción en la armónica y rara vez me sale bien el RI-A en las castañuelas. No sé leer una partitura ni diferenciar entre las notas musicales. No sé bailar, pero me gusta – siempre que sea después del segundo trago-. En fin, no soy músico y esa es una de las mayores frustraciones de mi vida porque amo la música.
Mi amor por la música no es otra cosa que mi amor por las personas. He pensado mucho en esto últimamente. Me he preguntado por qué mi memoria guarda las letras de tantas canciones de géneros diferentes sin que yo me lo haya propuesto. Concluí que la música, eso que parece que no podré producir nunca, es la forma que el amor encuentra de unirme con los que quiero.
El primer recuerdo musical que tengo es a mi mamá, la de crianza, cantando canciones infantiles mientras me acariciaba la cara para producirme el sueño: “mi carita redondita tiene ojitos y nariz. Mi carita redondita tiene ojitos y nariz, y también una boquita para hablar y…”. Después, está esa misma mujer, lava y plancha ropa en el patio de una casa enorme de Laureles adonde la acompañábamos mi hermano y yo. La grabadora destartalada que le exigió al patrón en La voz de Colombia. Suenan Sandro, Julio Iglesias, Yuri, Miguel Bosé, Rocío Dúrcal, Menudo, Dyango, Amanda Miguel y mis favoritos, los de ella, Jeanette, Camilo Sesto y Tormenta. En esa casa descubrí y amé la música de plancha y la canté con ella porque le producía ternura. Ahí, en ese patio que parecía un estadio, me preparó cuando me ofrecí para cantar Se parece a mi mamá, de Palito Ortega, en un evento de preescolar con ocasión del día de la madre en el que no paró de llorar.
A la tía, la hermana de mi mamá de crianza, le encanta el vallenato. Trabajaba toda la semana en una fábrica de medias, siempre hacía el turno de noche así que la casa debía permanecer silenciosa hasta que ella se despertara a las 3 o 4 de la tarde. A esa hora encendía el equipo de sonido que se compró en una navidad después de mucho ahorrar. Ese equipo era el más potente del barrio y convertía a la casa en un enorme vibrador que sacudía la cuadra. Ella me abría el balcón de su habitación para que yo me parara a cantar las canciones de Rafael Orozco, el Binomio de oro, Diomedes Díaz y Patricia Teherán mientras se alistaba para irse a trabajar. La música se iba siempre con ella hasta el otro día, pero los domingos compartíamos el balcón de su habitación como escenario. La tía y yo pasábamos todo el día cantando vallenatos y el equipo no se apagaba ni para almorzar. Me vio cantar tan apasionado que llevarme al mar y presentarme los paisajes vallenatos se convirtió en un proyecto. Compró una alcancía para que mi hermano y yo la llenáramos durante el año y, en diciembre, salimos con ella para Coveñas. De ese paseo recuerdo Caracoles de colores en la playa y Una como tu cantada por un niño, apenas mayor que mi hermano y yo, que remaba el bote en el que recorrimos La Caimanera.
A mis tíos fue siempre difícil acercarme. No había reunión familiar en la que no predijeran mi homosexualidad -lo saben desde entonces, pero se siguen haciendo los maricas-. Siempre llegaba un momento en el que cambiaban la salsa por música de protesta y, ya borrachos, cantaban A desalambrar, Mula revolucionaria, Fusil contra fusil y terminaban llorando con las canciones de Mercedes Sosa. Para esas alturas despreciaban mucho de lo que la idea de la revolución les hizo hacer, seguían creyendo en ella, pero empezaban a arrepentirse de las formas en las que intentaron ayudar a construirla. Me aprendí esas canciones y las canté con ellos. Con el tiempo sus burlas a mi amaneramiento se convirtieron en conversaciones sobre la formación del hombre nuevo, las dificultades de la economía planificada, la conciencia de clase y las contradicciones del capitalismo. Al fondo, siempre, los cantos de protesta latinoamericanos con los que los aprendí a querer.
Las tardes después del colegio estuvieron marcadas por las tareas, los documentales y las tertulias con mi mamita. La familia de crianza se había desgranado. Todas las tías se fueron de la casa, después lo hizo mi hermano. Yo distribuía las tardes de la misma manera: almorzaba, dormía un par de horas, hacía las tareas y después pasaba a la casa de mi mamita. Ella ponía el café mientras yo abría el computador y empezaba a poner las canciones que la había escuchado cantar en algún momento. Fuimos construyendo una larga lista de reproducción que amenizaba las historias de su infancia y formamos un aprecio especial por Iré contigo, esa canción se convirtió en el himno de nuestro amor y cada tanto reafirmamos el juramento de recordarnos con ella. A veces la llamo y, en lugar de saludar le canto: “amor de mi alma, ¿en dónde estás?” y ella responde “ven que te espero con ansiedad”. Cantamos juntos el coro: “Yo iré contigo a todas partes / Como un fantasma en la oscuridad / Porque no puedo dejar de amarte / Te seguiré hasta la eternidad”.
Mi tío Gilberto, hijo de mi mamita, fue un hombre abiertamente homosexual. Nunca cambió su tocadiscos, así que su habitación estaba llena de vinilos. Descubrió que me gustaba Lola Flores y compró un vinilo con sus éxitos. Creo que ahí nació mi amor por el flamenco. El día que se despidió para ir a morirse quedó sonando Apuesta por el amor. Sus discos, como casi todas sus cosas, terminaron en la basura por el consejo terrorista del médico que supo de qué murió.
Y la lista de canciones sigue con la de personas.




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